Ya quiero regresar. Pronto, tal vez.
viernes, 20 de julio de 2012
lunes, 21 de febrero de 2011
Soy Laura, abuela. Soy Laura.

Dicen que sus ojitos se notan cansados, sin el brillo que siempre tenía cada que veía a alguno de sus hijos; a alguno de sus nietos.
Cuentan que permanece amarrada a los barandales de la camilla situada en el cuarto en el que hay más pacientes. Todos igual a ella. Todos pidiendo también irse a su casa.
Aseguran que sus relatos no tienen coherencia alguna con sucesos actuales, que no recuerda las caritas de los familiares que han tenido el valor de entrar a verla en condiciones tan tristes.
Justo ese valor es el que me ha faltado para poder entrar y platicarle todos los recuerdos que tengo de ella. Ambas hemos pensado siempre que no nos queremos y he tenido tantas ganar de decirle que ese pensamiento ha sido erróneo durante éstos veintiocho años.
"Que entre Laura a verla", decían las tías. Siempre me negué aunque lo que más quería era contarle que recuerdo cada cumpleaños de niña en el que sacaba de su prominente busto un rechoncho calcetín con mucho dinero para extraer del bulto quinientos pesos que servirían para hacerme tan feliz en aquellos tiempos.
Quería decirle que me maravillaban siempre esas historias que me contaba sobre las travesuras de papá sobre todo aquella en la que él simuló morirse de dolor por un zapatazo que recibió en el ojo por parte de la abuela y que después le daría tremenda chinga por haberle destrozado el corazón creyendo que había dejado tuerto a su chamaco.
No quise entrar. No quiero entrar.
Temo que en ese momento no sepa controlar mis emociones como usualmente me ocurre. Papá está deshecho y es comprensible. Es su madre.
Frustrante me resulta no poder acercarme para darle un abrazo o un beso porque siente compasión de mi parte y eso es algo que no ha podido nunca superar. Cuando pase lo inevitable, será todavía más doloroso no aliviar su pena con un "te quiero" como siempre lo he hecho cada que está triste.
No quiero entrar... Sólo quiero que siempre me recuerde, que sepa que soy Laura y que mi rostro se lo lleve a donde quiera que vaya...
domingo, 21 de noviembre de 2010
Por eso digo "Te quiero" todos los días...

"¿Cómo puedes hacer eso?" me preguntaba Martín. "¿Cómo puedes decirle a medio mundo que lo quieres todos los días?" insistía.
"Muy fácil, Martín. Digo 'te quiero mucho' y ya". Le contesté.
Dice que en Lyon, de donde proviene, las cosas no son tan calurosas como yo las hago parecer acá "en tu México".
Mi gente es cálida, lo admito. Pero de un tiempo para acá las cosas no están para andar confiando en todo el mundo, para aceptar una sonrisa de algún extraño con el que nos crucemos en la calle o para dar ayuda a alguien que, estando en apuros, lo necesite.
Siempre he dicho que la gente no está preparada de pronto para recibir amor. Tanta tragedia que le rodea seguramente le ha hecho duro, poco receptivo.
Yo siempre digo "te quiero", Martín.
Lo digo con frecuencia porque no tengo un minuto de ésta vida ganado. Lo digo a diario porque me nace decirlo, porque siento esa necesidad de hacérselo saber a la gente que me rodea, porque no sé si el siguiente segundo estaré viva para contarlo.
Recién se lo dije a Hugo: "¿Sabes? Tengo la necesidad de decirte lo mucho que te quiero. No sé, de repente quise decírtelo, quise que lo escucharas de nueva cuenta aunque ya de sobra lo sepas. Tengo un presentimiento muy fuerte. Creo que debo decírtelo más veces al día, a la semana. Creo que me va a pasar algo y no quiero que eso suceda sin antes hacerte saber lo importante que eres para mi".
Hugo sólo me contestó que dejara de decir tonterías porque sino me soltaría un par de nalgadas para que estuviera tranquila. Dejando aflorar sus instintos sexuales hacía mi pero dándole un toque parsimonioso para que ya no pensara en que me iba a suceder algo.
Y sí. Justo un día después de que se lo dije, sucedió. Cuando vi cruzar la calle a aquel tipo encapuchado, con chamarra azul brillante, no pensé que lo hacía con el fin de atacarme. Al jalarme el brazo izquierdo con mucha fuerza y mostrarme un cuchillo que segundos después presionaría contra mis costillas, comprendí muchas cosas.
Le grité con todas mis fuerzas que no me hiciera nada, le lancé la bolsa de mano en donde traía mi cartera, mi celular. Sólo suplicaba porque me dejara ir. Yo no le hice nada ¿porqué habría de hacerme algo él a mi?
No me hizo caso. Al principio mis sollozos no fueron suficientes para que me soltara, al contrario, provoqué que enterrara un poco más en mis costillas su arma. Cuando colocó su brazo derecho alrededor de mi cuello y comenzó a jalarme pensé solamente en que ya no tenía escapatoria y lograría su cometido. Aún así seguí gritando eufórica hasta que se cansó, me aventó contra una pared, me dio una patada en el estómago y me dijo que me calmara, que me había confundido con una "amiga de su trabajo".
Reponiéndome como pude, corrí hacia el metro para llegar a mi trabajo. Nadie me ayudó, nadie se acercó en mi trayecto por el metro para preguntarme si estaba bien. Justo en el vagón, entre llantos de niña desprotegida, entre temblor de mujer victimada, recordé que fue a mi papá, a La Malquerida, a mi hermano y a mis perros, fueron los últimos que me escucharon decir "te quiero".
Pero no sólo fueron ellos a los que les dije "te quiero" ese día. Lo recuerdo muy bien. Lo escucharon Rocío, Yemille, Albie, Hugo, Juan Arturo, Valeria, Adriana. Lo escucharon también Alan, Julio, Paco, Martín, Amaury, Evelyn, Andrea, "El Pelos".
De haber sido mi último día en la faz de la tierra ellos hubieran sido los últimos en escuchar de mi un "te quiero".
No puedo quitarme de encima todavía ese miedo de andar caminando por la calle sola, aún teniendo al astro rey como compañero. Recién llegué a casa y fue inevitable encerrarme en mi recámara, meterme debajo de mil cobijas, abrazar a ese perro de peluche que me hace compañía simulando ser mi mamá, mi papá, mi hermano, mis perros, mi pescado.
Desperté ésta madrugada con un mensaje de mi Chiquitita diciéndome que la mamá de su novio había fallecido después de mucho batallar con el maldito cáncer que le ha comido poco a poco su cuerpo. La vida no la tenemos comparada y no es por eso que diga "te quiero" todos los días, no es únicamente por que no tenga el próximo segundo de mi vida asegurado, es simplemente porque me nace y porque, si me pasa algo, esa será la última oración que me habrán escuchado decir, escribir.
Por eso, Martín, mi querido francés, por eso digo "te quiero" todos los días.
lunes, 27 de septiembre de 2010
Yo soy Benito.

Este es mi nombre. Creo que tengo siete años. Cuando me llevaron al veterinario mis actuales dueños esa fue la edad que me calcularon al ver que mis colmillos ya estaban débiles, es más, hasta uno de ellos ya se me había caído.
Hoy me siento mal, me siento más débil que nunca aunque tengo muchas ganas de vivir, de seguir saltando pero ya no es lo mismo que cuando llegué a casa.
Ahi les va mi historia.
Vivía en casa de Alma, una amiga que Laura, una de mis dueñas, conoció en la Universidad. Lau me ha platicado que su mamá le dijo alguna vez que quería un perrito chihuahueño. Aclaro: yo soy chihuahueño pero también soy el resultado de una cruza entre ese tipo de can y un fox terrier ratonero. La verdad es que siempre me dicen que estoy muy guapo y que soy muy tierno aunque eso no quiere decir que me deje manosear por cualquiera que se me acerque. Elijo bien con quien sí y con quien no. Es simple, a quien no quiera... ¡zaz! le suelto tremendo susto fintándolo con que lo voy a morder y ya con eso me los quito de encima.
En fin. Alma le contó a Lauris que me tenía en su casa y que quería regalarme con ella. Resulta que ella aceptó, me llevó a casa y a partir de ese día fui el perro más feliz del universo. Recuerdo que llegaron Lau y Bruno y se abrieron paso entre gallinas y conejos, osh, me hacían la vida imposible porque yo tenía tantas ganas de jugar con ellos, de corretearlos, pero iban de chillones diciendo que yo me los quería comer.
Al principio, la mamá de Laura era muy rejega conmigo, se portó mala onda. Su recepción fue un baño con agua muy fría y sus letanías de que ella "no quería a un perro como éste. Te pedí claramente un chihuahueño". Ahora soy su adoración. Me la supe ganar.

Puedo decirles que entiendo cada una de las palabras que me dicen y ellos lo saben. Cuando recién llegué pensaban que era mudo... ¡Háganme el favor! Yo no emitía ningún ladrido porque aún no me sentía en confianza para hacerlo, hasta que una noche, exactamente dos meses después de que me trajeron a esta casa, a las dos de la mañana, escuché unos ruidos extraños en la parte frontal y me puse a ladrar como loco.
Mis dueños bajaron corriendo, prendieron las luces y comprobaron que lo que escucharon no había sido una broma. Fue como un bebé diciendo por vez primera "papá" o "mamá".
Me veían desaforados y me decían: "¡otra vez, Benito, otra vez!". Yo sólo atinaba a verlos con cara de "no mamen, tampoco soy su payaso".
Desde ese día, hasta hoy que ya no tengo tanta fuerza, no he dejado de ladrar.
La malquerida fue la que me bautizó como Benito. "Pos ya qué", pensé. No puedo decirle que no ¿verdad? Al principio creí que si me gritaban por el nombre de "Benito" y yo no atendía, entonces tendrían qué cambiármelo por otro, pero también pensé: "¿Qué tal que me ponen Bruno como al hermano de Laura? No, mejor me quedo así".
Antes sufría ataques epilépticos. Me ponía muy mal pero siempre ha habido alguien al pendiente de mi, siempre hay alguien que se da cuenta de que me pongo mal y cuando eso me pasa sólo recuerdo que me retuerzo y que cualquiera de mis dueños se ponen a sobarme la pancita y a limpiarme si es que arrojo algún líquido. Me gusta mucho el pollo (como a Hugo, el amigo de Laura) y también las croquetas para cachorro. Son más suaves. Sé que estoy grande pero ellos me da de esas para que no me cueste tanto trabajo masticarlas.
Desde que me tienen a mí y también a Babo, mi hermano menor, han hecho conciencia de lo que significa tener una mascota en casa. Laura, por ejemplo, apoya a la difusión de grupos para la adopción de animales, no sólo perros sino también gatos y hasta burros. La malquerida, por su parte, apadrina a dos amiguitos que fueron torturados de maneras insospechadas por putitos que se hacen llamar humanos. Perdón por el francés, pero es lo menos que se merecen como descripción.
Me siento orgulloso de mis dueños. Mi abuelo, el papá de Lau, me compone canciones teniendo como melodía el tono de su celular; me dice "amigo", "mosho", cualquier adjetivo que me diga siempre es con cariño. Sale con su bicicleta a comprar mi carne. Mi abuela limpia mi popis y me da de comer todos los días; me habla como si fuera su bebé, con un tono chillón pero que a final de cuentas me hace sentir querido. A Bruno lo espero siempre a la salida del baño porque me gusta estar con él, me gusta que me diga "abuelo" porque me hace sentir especial, con jerarquía jeje.
A Lau... La extraño. Los últimos días que estuvo aqui fueron complicados para mí. Pese a que le gruñía a cada rato, me daba mucho gusto cuando llegaba de trabajar porque siempre me dejaba husmear en su bolsa. Nos traía a Babo y a mi un poco de pan y a cambio de eso dejábamos que nos acariciara la panza un poco.
Ahora viene de vez en cuando pero la última vez que la vi fue especial. Quise estar con ella todo el tiempo como agradecimiento de haberme traído a una casa en la que siempre fui tratado de manera formidable. Me llevó al veterinario, me dio besitos en la cabeza, me cargaba con mucho cuidado para no lastimarme, me dejó quedarme dormido entre sus piernas aunque la incomodara al dormir.

Creo que es la que más va a sufrir si parto en estos días. El sábado, al ver sus lagrimitas, recordé las veces en las que lloraba por algún patanazo y yo llegaba a lamerle las mejillas para que ya no chillara más. Ahora sus lágrimas eran por mi causa y eso me ha dado fuerza para seguir adelante, por ella, por mi hermano, por mis abuelos y por Bruno. Me ha dado fuerza para seguir adelante por mi, pero si no puedo, si la fuerza ya no me da para seguir sosteniéndome en cuatro patas, quiero agradecerles la vida que me han dado.
Nunca podré pagar tanto amor...
¡Gracias, totales! (Lo que me dejó escuchar tanto a Soda Stereo con Lau).
jueves, 2 de septiembre de 2010
Emilia solitaria. Emilia confundida.

-Entonces... ¿Por qué llorás?
-Fácil. Se me metió en las entrañas. O tal vez lo único que estoy buscando es que alguien me quiera, de la manera que sea.
*****
Era miércoles de terapia familiar, aunque de a poco las sesiones se fueron enfocando a Emilia y sus problemas de inseguridad.
Fabiola, la doctora que trataba los asuntos relacionados con la madre de Emilia, sabía que algo pasaba con ella así que decidió de pronto matar dos pájaros de un tiro.
-A ver, pues. Platicáme. ¿Por qué vos traes puestos esos lentes?
-Porque me ardían un poco los ojos, entonces me los puse para que no me entrara polvo y evitar que se irritaran más.
-Y ¿Por qué te arden?
-Porque lloré.
-¿Por qué?
-Porque no me quiere. Bueno, sí, pero no.
-Explicáte, por Dios.
-Pues dice que nomás puede ser mi amigo. Ya sabés. Teme que si tenemos algo podamos dañar la amistad y bla, bla, bla.
Emilia conocía de sobra el discursito. En esta ocasión le había dolido más que la última vez, hace ya casi cuatro años. Según recuerda, las dos relaciones anteriores habían sido con dos personas que, casi de la misma manera, le vieron la cara de pendeja.
-Lo que pasa es que tenía un ratito que no me sucedía. No me había interesado nadie hasta que él se apareció. Así, de la nada. ¿Sabés? Siempre me habían dicho que dejara de buscar el amor (sentimiento que, por cierto, creo que realmente es algo más químico que emocional). Me decían que se aparecería cuando menos lo esperara. Y así salió, de la nada.
-¿Y luego?
-Pues así nomás ¿qué más querés que te diga? Salimos en varias ocasiones, soltamos algunos besos y ya. Comenzamos por lo más práctico, supongo yo que siempre termino haciendo lo más difícil y en lo fácil es en lo que me atoro. La cagada está en que no soy de las que tiene onditas sin involucrar sentimientos ¿Me entendés? Después del contacto físico (mínimo, por cierto) comenzamos a preguntarnos cosas más personales. Vos sabés que cuando comenzás a charlar de eso y te gusta, ya perdiste. Eso me pasó.
-¿Vos sentiste que te involucraste de más?
-¡Él me involucró! Ya lo dijo Gustavo Cerati en aquella gira de despedida de Soda Stereo: "La culpa la tiene ella. Ella." Aunque en este caso los roles cambian. La culpa la tiene él.
Emilia siempre supo que esa "relación" no iba para ningún lado. Y si tenía algún rumbo ese era más por el plano físico que el emocional.
-Siempre me ha dicho que le gusto, viteh. Me hace sentir bien cuando me lo dice.
-Yo creo que lo que vos estás haciendo es tapar el sol con un dedo. ¡Te quiere tirar y ya, porqué es tan difícil de que lo entendás!
-Y no. Lo que siento es que le da terror involucrarse de más y cometer alguna boludez conmigo. No lo culpo, la verdad es que siempre he tenido ese pedo: cuando se dan cuenta que además de hermosa soy inteligente se quedan bloqueados. Le corren. Y eso, a mí, me da mucha bronca.
-Yo digo que tu inteligencia da para más. ¿De qué te sirve decir y alardear tanto en que vos sos inteligente cuando terminás con el primero que te dice que sos re linda sabiendo que lo único que quiere es tronarte y ya?
-Supongo que no me sirve de nada. Pero bueno, es caso cerrado. Se supone que tendríamos qué hablar de mi vieja ¿no? Entonces hablemos de ella.
-Sólo puedo decirte que tenés que creértela. Sos demasiado lista pero faltá que te des cuenta que merecés mucho más. No tenés porqué conformarte con alguien que por lo que me contás, no tiene para vos lo que estás buscando: amor.
Emilia se cansó de escuchar la misma letanía: "¿Qué te gustá de ese boludo? ¿Qué te dio para traerte tan pendeja? ¡Merecés otra cosa, mirá para arriba!"...
Hizo caso omiso a los comentarios y después de un par de meses decidió verlo otra vez. Parecía que de nueva cuenta los juegos con los que empezaron a conocerse, regresaban.
-Fue la carga de trabajo la que no me daba tiempo para verte, no me alejé por otra cosa.
-Pará, eso ya me lo explicaste y he entendido. ¿Sabés? Este saco no me cierra. Y ya he bajado de peso.
-Yo sé porqué no cierra...
-Ya te dije que pares, viteh. Insisto en que habrá que reducir ciertas partes de mi cuerpo para sentirme mejor. Mi vieja me ha dicho que las cirugías de reducción son menos peligrosas que en las que te inyectan la silicona.
-Mal. Mal. Mal. Debo visitarte pronto antes de que eso pase.
-Y te he dicho que cuando vos quieras...
Corroboró lo evidente. Sólo faltaba mayor claridad en su mente. Apenas una amiga le decía que lo más fácil en este mundo era conseguir sexo. Y sí. Después de una plática por el mensajero, Emilia confirmó que lo único que él quería era "tronarle los huesos". Sin ningún compromiso, por supuesto.
"Y ahora me siento justo como el grande de Cerati. Entono "Ella usó mi cabeza como un revólver"... Aqui estoy. Echada en mi cama, mirando al techo, analizando la letra. Ambigua como es la melodía, golpea crudamente mi imaginación. De pronto me sentí como él, como Gustavo, un objeto que en esa canción llegó a extremos insospechados. 'Después de un baño cerebral, estaba listo para ser amado'... Y sí. Pasará el tiempo y pensaré, de pronto, que el vacío es un lugar normal..."
Emilia decidida. Emilia solitaria. Emilia ansiosa. Emilia, tan boluda.
lunes, 30 de agosto de 2010
A 29 años de los huacales.

No me vino a la mente así como así.
La idea de los huacales lijados y encerados para usarse como librero no es una de esas ilustraciones hippies que de pronto se meten en mi cabeza.
Mamá y papá no hablaban nunca de cómo se conocieron. Trataban de evitar a toda costa el tema, sobre todo mamá. Cada que le cuestionaba cómo fue que se hizo novia de papá me sacaba la vuelta. "¿Para qué quieres que te platique eso?", me preguntaba. "Nomás pa' saber. ¿Pos qué?", contestaba esperando una respuesta que se hacía cada vez más eterna.
Alguna vez, desnudando los secretos que se guardan profundamente en el corazón, mamá y papá comenzaron a platicar su historia, una historia que yo me había imaginado y que resultó ser diferente a lo que siempre pensé me llegarían a relatar.
Conceptos como perfección estaban siempre asociados en mi mente como parte fundamental de su relación. Error. Cuando me enteré que el abuelo catalán no quería a mi papá porque pensaba que su hija se merecía algo mejor fue entonces que dejé de verlo como el mejor padre que mi mamá hubiera podido tener.
Papá estaba convencido de querer a mamá por sobre todas las cosas. No le importó echarse encima al abuelo, él siempre ha sido de los que quiere algo mejor y al elegir a mamá no se equivocó. "En caliente ¿si o no, gorda?", le dice a su parejita cuando ya sin tapujos relatan lo sucedido hace ya 29 años.
"Lo único que hice fue tomar a tu mamá, preguntarle si se quería casar conmigo y cuando me dijo que sí, no hubo más", cuenta papá que sin temor a juicios enjuga sus ojitos para que las lágrimas no broten de la emoción. Así es él, transparente como yo.
Se casaron en una ceremonia que lejos estaba de la pomposa fiesta que yo pensaba. A diferencia del vestido blanco con crinolinas que yo tenía en la mente desde pequeña, mamá usó un modelo recatado, blancuzco, cubierta hasta el cuello. Las fotos no mienten. Su sonrisa lo decía todo: estaba contenta, feliz de que su príncipe gris hubiese llegado a su vida.
Según cuenta ella, su familia sólo asistió para ser testigo del enlace. No más. La abuela paterna fue quien acompañó a mamá en aquella fiesta que también añoró diferente.
Pese al abuelo, a la economía, a la afición por distintos equipos (eso también pesa, cómo no), a la familia... 29 años después pueden seguir contando su historia sin que nada les pase de largo.
Sonaré cursi, pero de a poco me han enseñado que buscar tanto el amor me ha llevado por el camino contrario. "Fácil es buscar. Fácil no encontrar"... Ella sabe a qué me refiero...
No tenían nada. Entre carpetitas para adornar los libreros que formaban los huacales y la modesta habitación costeada por papá, entre las luchas internas establecidas por ambas familias, entre los gallos y gallinas que correteaban en el patio...
Esos huacales, ahora, forman parte de mi enseñanza a vivir la vida, esa que desde hace 29 años decidieron vivir juntos...
No tenían nada más que huacales... Idea que de herencia han dejado a ésta que ahora pretende vivir su vida en una modesta habitación, tal y como lo decidieron ellos hace 29 años.
lunes, 23 de agosto de 2010
Amor en tiempos de huelga...

Ojos almendrados, cabellera larga y espesa, porte desenfadado, limpio. Pese a su aspecto juvenil despreocupado en el vestir, siempre olió bien.
Lo recuerdo más con aquella playera negra que le llegaba hasta las rodillas y que traía una calaverita multicolor con la palabra "Guanajuato" bordada a mitad del pecho.
Era mi hippie favorito.
Cuando entré a la preparatoria, Alejandro fue el primero que me llamó la atención y al que, por supuesto, jamás le gusté. Hasta donde sé, jamás fue así.
Con dentadura que aparentaba aún ser de leche, siempre tuvo una sonrisa blanca para mí. Nos conocimos echando una reta de básquetbol en las canchas que estaban en la parte trasera del estacionamiento de la escuela.
Tiempo siguiente me dio tips para no ser presa de las novatadas clásicas a los de primer ingreso en la UNAM. Compartíamos de vez en cuando algunas impresiones de Nietzsche (al que sigo considerando contradictorio en muchos de sus argumentos), intercambiábamos puntos de vista sobre la revolución, el movimiento estudiantil de 1968 ("clásica conversación entre estudiantes de escuelas públicas", dirán algunos) y pasajes de la vida de Monsiváis.
Debo admitir que nunca fueron conversaciones polémicas como las que a ambos siempre nos gustaron, pero nos divertíamos teniéndolas.
"Quiero estudiar filosofía", me contaba. No sé por qué nunca fue algo que me sorprendiera. Tal vez por ese tonto prejuicio que tenemos los seres humanos de calificar a las personas por su aspecto físico o su manera de vestir. Aunque sí, le atiné.
Hablábamos poco. Mi temblor en las rodillas, mismo que sólo se presenta cuando alguien verdaderamente me trae babeando las aceras, no me dejaba controlar el impulso de quererme lanzar a sus brazos así que procuraba tener el menor contacto posible y sólo verlo de lejos. Tonta.
Era 1999. El año de la huelga nos tenía descontrolados a todos. Elda y yo procurábamos estar al tanto de lo que pasaba con los asuntos políticos que inmiscuían a nuestra Universidad así que decidimos integrarnos al Consejo General de Huelga para conocer desde adentro todas las causas por las que nuestros compañeros universitarios luchaban intensamente (y algunas veces, debo también decirlo, sin justificación alguna).
De sobra está mencionarlo, pero en cada una de las marchas que se organizaban, Elda y yo estábamos presentes. Ahi conocimos a Miguel, de medidas exactas para nuestra pequeña corpulencia. Alto, moreno, estilizado, de rizos azabaches y sonrisa tremendamente perfecta. Vestía como guerrillero: pantalón y botas militares, chaqueta verde botella y playeras negras con leyendas o imágenes políticas.
A ella le gustaba más que a mi. Yo sólo tenía ojos para Alejandro.
Él también estaba metido en el movimiento así que el contacto era más frecuente que el de antes, aunque seguía con esa vergüenza que hasta la fecha me caracteriza. Prefería verlo de lejos, siempre.
Diez de marzo de 1999. Un mes antes de que estallara la huelga en la Universidad, comenzaron a organizarse subastas de besos. Una tontería que a muchos nos relajaba, por lo menos un par de horas.
Aquella vez, habían pasado especies de todos tipos. Altos, bajos, delgados, gordos, morenos, apiñonados. En ese mismo orden, todos (y todas, aunque la euforia femenina por la renta de hombres era más que la demanda de hombres por mujeres) se fueron con su premio.
"Un beso y todo un día de esclavitud, en beneficio, obviamente, del comprador (a)". ¡Vaya calamidad! Las autoridades de la escuela permitieron que se llevaran a cabo estas clandestinas maneras de comercializar gente siempre y cuando "no saliéramos a hacer disturbios a las calles aledañas a la escuela".
En esa primera subasta yo no podía estar en otro lugar sino en tercera fila, siempre pendiente de todo pero pasando desapercibida, tal y como me gusta, sin robar cámara más que cuando así sea necesario. Los reflectores para quienes los necesitan, yo no.
Habían pasado jóvenes guapos, los más cotizados de la preparatoria, justo para que la moneda no se agotara en chucherías que se vendían durante el evento. De pronto, cayó en un letargo y los rayos del sol estaban pesando sobre las cabezas de la muchachada que se dio cita en el lagartijero, llamado así porque era la única zona de la escuela en la que pegaba el sol.
De pronto, entre el aburrimiento y mi ensoñación, se escucharon gritos de chamacas eufóricas. Volteé para todos lados, tratando de descifrar el por qué de la gritadera. Y sí, Alejandro era el centro de las miradas. Pocas veces lo había observado de esa manera: apenado, con las mejillas enrojecidas, con la mirada perdida. Eso sí, la dentadura blancuzca a todo lo que daba.
Era el más atractivo de los huelguistas. Al menos para mí y para la bola de mujeres que gritaban como desquiciadas así lo era. Lo es.
"¡Comenzamos con diez pesos!" aseveró el subastador.
"¡Veinte!" Se escuchó por allá.
"¡Cincuenta!" ¡Huevos! -pensé- ¡Esa gorda lo besará y yo no!
"¡Cincuenta a la una! ¡Cincuenta a las dos! ¡Cincuenta a las...
"¡Setenta!" justo detrás de mí salió esa oferta.
En cuanto giré la cabeza, me di cuenta que Elda, Cristina, Elizabeth y Viridiana juntaban sus moneditas de la semana para intercambiarlas por un beso y un día de esclavitud... para mí...
Sin que me hicieran caso, sin que oyeran cuando les decía que no podía comprarlo porque lo conocía, porque le hablaba, porque me gustaba... me lo regalaron.
"¡Setenta a la una! ¡Setenta a las dos! ¡Setenta a las tres! ¡Vendido a las de la morralla!" gritó el vendedor.
¡Dios santo! ¡Es para mí! ¡Huevos, huevos, huevos! ¡No puedo levantarme para hacer tal ridículo enfrente de todos! ¿Cómo voy a justificar mi accionar luego de indicar que era demasiado bajo pagar para que alguien te besara?
Aún así tuve las agallas de levantarme y de plantarme frente a él. Cuando se dio cuenta que era yo, sólo esbozó una sonrisa de agradecimiento por salvarlo de ser besado por aquella chica pasada de flautas.
Puede que esos diez segundos hayan sido escasos para algunos, irrelevantes para otros.
A mi me dejaron una huella que hasta la fecha mantengo con recelo en mi corazón. Alejandro fue uno de esos amores imposibles que te dejan marcado.
Justo el viernes, entre mi poca lucidez para darme cuenta que a quien quiero no me quiere (otra vez) envié un mensaje para que alguien me sacara de ese hoyo en el que ando metida desde hace medio año.
-Necesito una chelita. ¿Tienes algo para hoy?
-Eje Central Lázaro Cárdenas...
-Ubícame por estaciones del metro. Estoy en Barranca del Muerto.
-Metro Obrera. Me llamas.
-¿Me darás asilo? En media hora salgo para allá.
Alejandro, de nueva cuenta, sacándome de mi letargo. Once años después...
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