martes, 21 de enero de 2014

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"Si no tienes nada que decir, entonces no digas nada".

Supongo que así también pasa cuando no se tienen ganas de ponerle nombre a las cosas. No hay por qué bautizar todo.

Horacio me hizo llorar mucho alguna vez. Llegué muy afectada a casa. Mamá me abrazó fuerte, no me dijo nada, sólo me estrujó tanto que aún siento sus costillas encontradas con las mías, en un acto que no se daba frecuentemente.

Nunca necesitó decirme nada para que me sintiera mejor. Bastaba un abrazo, una caricia, bastaba con que pasara sus dedos gorditos y blanquitos, suaves, a través de mis rizos azabache. Un beso. Era lo único que me hacía sentir bien.

¿Pasará lo mismo con ella? ¿Y si llego un día a su casa a abrazarla, a besarla, a pasar mis dedos a través de su pelito rubio?

"Todo va a estar bien". Sólo me aferro a ese enunciado y lo tatúo en mi mente porque dicen que ella, la mente, es muy poderosa.

Cuando te abrazo, mi hermosa pochita, cuando te beso, cuando te llamo a cada rato con la mente, es para hacerte sentir que todo va a estar bien.

Mis latidos son para ti. Eternamente. Te abrazo con ellos, con mi pestañeo, con cada suspiro.





sábado, 6 de julio de 2013

Extrañar...

3:30 am. De lunes a viernes. Me despierto y lo primero que viene a mi cabeza cuando abro los ojos es: "¿Me extrañará?".

Quisiera pensar que aunque sea un poquito.

Que también despierta en las mañanas pensando en si hoy encontrará una carta en forma de avión que le haga el día.

Que mi nombre pasa por su cabeza cuando cocina arroz o cuando escucha alguna canción punk o cuando usa el sacacorchos que le regalé.

Yo sí lo extraño...

martes, 21 de mayo de 2013

¿Cómo se vuelve?

Creo que así... De a poco... Mientras los dedos tengan ganas de expresar lo que les dicte el cerebro o, en mi caso, el corazón, siempre será un momento oportuno para volver.

De a poco, me dicen por ahí. Todo es con el tiempo. Todo es dejando que fluya. Nunca me he dejado llevar por lo que me dicen dos manecillas universales pero creo que, por esta ocasión, haré una excepción.

Hay mucho qué expresar, mucho qué decir, pero espero el momento correcto para hacerlo.

Quizá, como lo hace ella, me despierte en la madrugada para que salgan mis mejores textos a la luz...

viernes, 20 de julio de 2012

Reloaded.


Ya quiero regresar. Pronto, tal vez.

lunes, 21 de febrero de 2011

Soy Laura, abuela. Soy Laura.


Dicen que sus ojitos se notan cansados, sin el brillo que siempre tenía cada que veía a alguno de sus hijos; a alguno de sus nietos.

Cuentan que permanece amarrada a los barandales de la camilla situada en el cuarto en el que hay más pacientes. Todos igual a ella. Todos pidiendo también irse a su casa.

Aseguran que sus relatos no tienen coherencia alguna con sucesos actuales, que no recuerda las caritas de los familiares que han tenido el valor de entrar a verla en condiciones tan tristes.

Justo ese valor es el que me ha faltado para poder entrar y platicarle todos los recuerdos que tengo de ella. Ambas hemos pensado siempre que no nos queremos y he tenido tantas ganar de decirle que ese pensamiento ha sido erróneo durante éstos veintiocho años.

"Que entre Laura a verla", decían las tías. Siempre me negué aunque lo que más quería era contarle que recuerdo cada cumpleaños de niña en el que sacaba de su prominente busto un rechoncho calcetín con mucho dinero para extraer del bulto quinientos pesos que servirían para hacerme tan feliz en aquellos tiempos.

Quería decirle que me maravillaban siempre esas historias que me contaba sobre las travesuras de papá sobre todo aquella en la que él simuló morirse de dolor por un zapatazo que recibió en el ojo por parte de la abuela y que después le daría tremenda chinga por haberle destrozado el corazón creyendo que había dejado tuerto a su chamaco.

No quise entrar. No quiero entrar.

Temo que en ese momento no sepa controlar mis emociones como usualmente me ocurre. Papá está deshecho y es comprensible. Es su madre.

Frustrante me resulta no poder acercarme para darle un abrazo o un beso porque siente compasión de mi parte y eso es algo que no ha podido nunca superar. Cuando pase lo inevitable, será todavía más doloroso no aliviar su pena con un "te quiero" como siempre lo he hecho cada que está triste.

No quiero entrar... Sólo quiero que siempre me recuerde, que sepa que soy Laura y que mi rostro se lo lleve a donde quiera que vaya...



domingo, 21 de noviembre de 2010

Por eso digo "Te quiero" todos los días...


"¿Cómo puedes hacer eso?" me preguntaba Martín. "¿Cómo puedes decirle a medio mundo que lo quieres todos los días?" insistía.

"Muy fácil, Martín. Digo 'te quiero mucho' y ya". Le contesté.

Dice que en Lyon, de donde proviene, las cosas no son tan calurosas como yo las hago parecer acá "en tu México".

Mi gente es cálida, lo admito. Pero de un tiempo para acá las cosas no están para andar confiando en todo el mundo, para aceptar una sonrisa de algún extraño con el que nos crucemos en la calle o para dar ayuda a alguien que, estando en apuros, lo necesite.

Siempre he dicho que la gente no está preparada de pronto para recibir amor. Tanta tragedia que le rodea seguramente le ha hecho duro, poco receptivo.

Yo siempre digo "te quiero", Martín.

Lo digo con frecuencia porque no tengo un minuto de ésta vida ganado. Lo digo a diario porque me nace decirlo, porque siento esa necesidad de hacérselo saber a la gente que me rodea, porque no sé si el siguiente segundo estaré viva para contarlo.

Recién se lo dije a Hugo: "¿Sabes? Tengo la necesidad de decirte lo mucho que te quiero. No sé, de repente quise decírtelo, quise que lo escucharas de nueva cuenta aunque ya de sobra lo sepas. Tengo un presentimiento muy fuerte. Creo que debo decírtelo más veces al día, a la semana. Creo que me va a pasar algo y no quiero que eso suceda sin antes hacerte saber lo importante que eres para mi".

Hugo sólo me contestó que dejara de decir tonterías porque sino me soltaría un par de nalgadas para que estuviera tranquila. Dejando aflorar sus instintos sexuales hacía mi pero dándole un toque parsimonioso para que ya no pensara en que me iba a suceder algo.

Y sí. Justo un día después de que se lo dije, sucedió. Cuando vi cruzar la calle a aquel tipo encapuchado, con chamarra azul brillante, no pensé que lo hacía con el fin de atacarme. Al jalarme el brazo izquierdo con mucha fuerza y mostrarme un cuchillo que segundos después presionaría contra mis costillas, comprendí muchas cosas.

Le grité con todas mis fuerzas que no me hiciera nada, le lancé la bolsa de mano en donde traía mi cartera, mi celular. Sólo suplicaba porque me dejara ir. Yo no le hice nada ¿porqué habría de hacerme algo él a mi?

No me hizo caso. Al principio mis sollozos no fueron suficientes para que me soltara, al contrario, provoqué que enterrara un poco más en mis costillas su arma. Cuando colocó su brazo derecho alrededor de mi cuello y comenzó a jalarme pensé solamente en que ya no tenía escapatoria y lograría su cometido. Aún así seguí gritando eufórica hasta que se cansó, me aventó contra una pared, me dio una patada en el estómago y me dijo que me calmara, que me había confundido con una "amiga de su trabajo".

Reponiéndome como pude, corrí hacia el metro para llegar a mi trabajo. Nadie me ayudó, nadie se acercó en mi trayecto por el metro para preguntarme si estaba bien. Justo en el vagón, entre llantos de niña desprotegida, entre temblor de mujer victimada, recordé que fue a mi papá, a La Malquerida, a mi hermano y a mis perros, fueron los últimos que me escucharon decir "te quiero".

Pero no sólo fueron ellos a los que les dije "te quiero" ese día. Lo recuerdo muy bien. Lo escucharon Rocío, Yemille, Albie, Hugo, Juan Arturo, Valeria, Adriana. Lo escucharon también Alan, Julio, Paco, Martín, Amaury, Evelyn, Andrea, "El Pelos".

De haber sido mi último día en la faz de la tierra ellos hubieran sido los últimos en escuchar de mi un "te quiero".

No puedo quitarme de encima todavía ese miedo de andar caminando por la calle sola, aún teniendo al astro rey como compañero. Recién llegué a casa y fue inevitable encerrarme en mi recámara, meterme debajo de mil cobijas, abrazar a ese perro de peluche que me hace compañía simulando ser mi mamá, mi papá, mi hermano, mis perros, mi pescado.

Desperté ésta madrugada con un mensaje de mi Chiquitita diciéndome que la mamá de su novio había fallecido después de mucho batallar con el maldito cáncer que le ha comido poco a poco su cuerpo. La vida no la tenemos comparada y no es por eso que diga "te quiero" todos los días, no es únicamente por que no tenga el próximo segundo de mi vida asegurado, es simplemente porque me nace y porque, si me pasa algo, esa será la última oración que me habrán escuchado decir, escribir.

Por eso, Martín, mi querido francés, por eso digo "te quiero" todos los días.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Yo soy Benito.



Este es mi nombre. Creo que tengo siete años. Cuando me llevaron al veterinario mis actuales dueños esa fue la edad que me calcularon al ver que mis colmillos ya estaban débiles, es más, hasta uno de ellos ya se me había caído.

Hoy me siento mal, me siento más débil que nunca aunque tengo muchas ganas de vivir, de seguir saltando pero ya no es lo mismo que cuando llegué a casa.

Ahi les va mi historia.


Vivía en casa de Alma, una amiga que Laura, una de mis dueñas, conoció en la Universidad. Lau me ha platicado que su mamá le dijo alguna vez que quería un perrito chihuahueño. Aclaro: yo soy chihuahueño pero también soy el resultado de una cruza entre ese tipo de can y un fox terrier ratonero. La verdad es que siempre me dicen que estoy muy guapo y que soy muy tierno aunque eso no quiere decir que me deje manosear por cualquiera que se me acerque. Elijo bien con quien sí y con quien no. Es simple, a quien no quiera... ¡zaz! le suelto tremendo susto fintándolo con que lo voy a morder y ya con eso me los quito de encima.


En fin. Alma le contó a Lauris que me tenía en su casa y que quería regalarme con ella. Resulta que ella aceptó, me llevó a casa y a partir de ese día fui el perro más feliz del universo. Recuerdo que llegaron Lau y Bruno y se abrieron paso entre gallinas y conejos, osh, me hacían la vida imposible porque yo tenía tantas ganas de jugar con ellos, de corretearlos, pero iban de chillones diciendo que yo me los quería comer.


Al principio, la mamá de Laura era muy rejega conmigo, se portó mala onda. Su recepción fue un baño con agua muy fría y sus letanías de que ella "no quería a un perro como éste. Te pedí claramente un chihuahueño". Ahora soy su adoración. Me la supe ganar.


Puedo decirles que entiendo cada una de las palabras que me dicen y ellos lo saben. Cuando recién llegué pensaban que era mudo... ¡Háganme el favor! Yo no emitía ningún ladrido porque aún no me sentía en confianza para hacerlo, hasta que una noche, exactamente dos meses después de que me trajeron a esta casa, a las dos de la mañana, escuché unos ruidos extraños en la parte frontal y me puse a ladrar como loco.


Mis dueños bajaron corriendo, prendieron las luces y comprobaron que lo que escucharon no había sido una broma. Fue como un bebé diciendo por vez primera "papá" o "mamá".


Me veían desaforados y me decían: "¡otra vez, Benito, otra vez!". Yo sólo atinaba a verlos con cara de "no mamen, tampoco soy su payaso".


Desde ese día, hasta hoy que ya no tengo tanta fuerza, no he dejado de ladrar.


La malquerida fue la que me bautizó como Benito. "Pos ya qué", pensé. No puedo decirle que no ¿verdad? Al principio creí que si me gritaban por el nombre de "Benito" y yo no atendía, entonces tendrían qué cambiármelo por otro, pero también pensé: "¿Qué tal que me ponen Bruno como al hermano de Laura? No, mejor me quedo así".

Antes sufría ataques epilépticos. Me ponía muy mal pero siempre ha habido alguien al pendiente de mi, siempre hay alguien que se da cuenta de que me pongo mal y cuando eso me pasa sólo recuerdo que me retuerzo y que cualquiera de mis dueños se ponen a sobarme la pancita y a limpiarme si es que arrojo algún líquido. Me gusta mucho el pollo (como a Hugo, el amigo de Laura) y también las croquetas para cachorro. Son más suaves. Sé que estoy grande pero ellos me da de esas para que no me cueste tanto trabajo masticarlas.

Desde que me tienen a mí y también a Babo, mi hermano menor, han hecho conciencia de lo que significa tener una mascota en casa. Laura, por ejemplo, apoya a la difusión de grupos para la adopción de animales, no sólo perros sino también gatos y hasta burros. La malquerida, por su parte, apadrina a dos amiguitos que fueron torturados de maneras insospechadas por putitos que se hacen llamar humanos. Perdón por el francés, pero es lo menos que se merecen como descripción.

Me siento orgulloso de mis dueños. Mi abuelo, el papá de Lau, me compone canciones teniendo como melodía el tono de su celular; me dice "amigo", "mosho", cualquier adjetivo que me diga siempre es con cariño. Sale con su bicicleta a comprar mi carne. Mi abuela limpia mi popis y me da de comer todos los días; me habla como si fuera su bebé, con un tono chillón pero que a final de cuentas me hace sentir querido. A Bruno lo espero siempre a la salida del baño porque me gusta estar con él, me gusta que me diga "abuelo" porque me hace sentir especial, con jerarquía jeje.

A Lau... La extraño. Los últimos días que estuvo aqui fueron complicados para mí. Pese a que le gruñía a cada rato, me daba mucho gusto cuando llegaba de trabajar porque siempre me dejaba husmear en su bolsa. Nos traía a Babo y a mi un poco de pan y a cambio de eso dejábamos que nos acariciara la panza un poco.

Ahora viene de vez en cuando pero la última vez que la vi fue especial. Quise estar con ella todo el tiempo como agradecimiento de haberme traído a una casa en la que siempre fui tratado de manera formidable. Me llevó al veterinario, me dio besitos en la cabeza, me cargaba con mucho cuidado para no lastimarme, me dejó quedarme dormido entre sus piernas aunque la incomodara al dormir.


Creo que es la que más va a sufrir si parto en estos días. El sábado, al ver sus lagrimitas, recordé las veces en las que lloraba por algún patanazo y yo llegaba a lamerle las mejillas para que ya no chillara más. Ahora sus lágrimas eran por mi causa y eso me ha dado fuerza para seguir adelante, por ella, por mi hermano, por mis abuelos y por Bruno. Me ha dado fuerza para seguir adelante por mi, pero si no puedo, si la fuerza ya no me da para seguir sosteniéndome en cuatro patas, quiero agradecerles la vida que me han dado.


Nunca podré pagar tanto amor...
¡Gracias, totales! (Lo que me dejó escuchar tanto a Soda Stereo con Lau).