jueves, 2 de septiembre de 2010

Emilia solitaria. Emilia confundida.


-Entonces... ¿Por qué llorás?



-Fácil. Se me metió en las entrañas. O tal vez lo único que estoy buscando es que alguien me quiera, de la manera que sea.



*****



Era miércoles de terapia familiar, aunque de a poco las sesiones se fueron enfocando a Emilia y sus problemas de inseguridad.



Fabiola, la doctora que trataba los asuntos relacionados con la madre de Emilia, sabía que algo pasaba con ella así que decidió de pronto matar dos pájaros de un tiro.



-A ver, pues. Platicáme. ¿Por qué vos traes puestos esos lentes?

-Porque me ardían un poco los ojos, entonces me los puse para que no me entrara polvo y evitar que se irritaran más.

-Y ¿Por qué te arden?

-Porque lloré.

-¿Por qué?

-Porque no me quiere. Bueno, sí, pero no.

-Explicáte, por Dios.

-Pues dice que nomás puede ser mi amigo. Ya sabés. Teme que si tenemos algo podamos dañar la amistad y bla, bla, bla.



Emilia conocía de sobra el discursito. En esta ocasión le había dolido más que la última vez, hace ya casi cuatro años. Según recuerda, las dos relaciones anteriores habían sido con dos personas que, casi de la misma manera, le vieron la cara de pendeja.



-Lo que pasa es que tenía un ratito que no me sucedía. No me había interesado nadie hasta que él se apareció. Así, de la nada. ¿Sabés? Siempre me habían dicho que dejara de buscar el amor (sentimiento que, por cierto, creo que realmente es algo más químico que emocional). Me decían que se aparecería cuando menos lo esperara. Y así salió, de la nada.

-¿Y luego?

-Pues así nomás ¿qué más querés que te diga? Salimos en varias ocasiones, soltamos algunos besos y ya. Comenzamos por lo más práctico, supongo yo que siempre termino haciendo lo más difícil y en lo fácil es en lo que me atoro. La cagada está en que no soy de las que tiene onditas sin involucrar sentimientos ¿Me entendés? Después del contacto físico (mínimo, por cierto) comenzamos a preguntarnos cosas más personales. Vos sabés que cuando comenzás a charlar de eso y te gusta, ya perdiste. Eso me pasó.

-¿Vos sentiste que te involucraste de más?

-¡Él me involucró! Ya lo dijo Gustavo Cerati en aquella gira de despedida de Soda Stereo: "La culpa la tiene ella. Ella." Aunque en este caso los roles cambian. La culpa la tiene él.



Emilia siempre supo que esa "relación" no iba para ningún lado. Y si tenía algún rumbo ese era más por el plano físico que el emocional.



-Siempre me ha dicho que le gusto, viteh. Me hace sentir bien cuando me lo dice.

-Yo creo que lo que vos estás haciendo es tapar el sol con un dedo. ¡Te quiere tirar y ya, porqué es tan difícil de que lo entendás!

-Y no. Lo que siento es que le da terror involucrarse de más y cometer alguna boludez conmigo. No lo culpo, la verdad es que siempre he tenido ese pedo: cuando se dan cuenta que además de hermosa soy inteligente se quedan bloqueados. Le corren. Y eso, a mí, me da mucha bronca.

-Yo digo que tu inteligencia da para más. ¿De qué te sirve decir y alardear tanto en que vos sos inteligente cuando terminás con el primero que te dice que sos re linda sabiendo que lo único que quiere es tronarte y ya?

-Supongo que no me sirve de nada. Pero bueno, es caso cerrado. Se supone que tendríamos qué hablar de mi vieja ¿no? Entonces hablemos de ella.

-Sólo puedo decirte que tenés que creértela. Sos demasiado lista pero faltá que te des cuenta que merecés mucho más. No tenés porqué conformarte con alguien que por lo que me contás, no tiene para vos lo que estás buscando: amor.



Emilia se cansó de escuchar la misma letanía: "¿Qué te gustá de ese boludo? ¿Qué te dio para traerte tan pendeja? ¡Merecés otra cosa, mirá para arriba!"...



Hizo caso omiso a los comentarios y después de un par de meses decidió verlo otra vez. Parecía que de nueva cuenta los juegos con los que empezaron a conocerse, regresaban.



-Fue la carga de trabajo la que no me daba tiempo para verte, no me alejé por otra cosa.

-Pará, eso ya me lo explicaste y he entendido. ¿Sabés? Este saco no me cierra. Y ya he bajado de peso.

-Yo sé porqué no cierra...

-Ya te dije que pares, viteh. Insisto en que habrá que reducir ciertas partes de mi cuerpo para sentirme mejor. Mi vieja me ha dicho que las cirugías de reducción son menos peligrosas que en las que te inyectan la silicona.

-Mal. Mal. Mal. Debo visitarte pronto antes de que eso pase.

-Y te he dicho que cuando vos quieras...



Corroboró lo evidente. Sólo faltaba mayor claridad en su mente. Apenas una amiga le decía que lo más fácil en este mundo era conseguir sexo. Y sí. Después de una plática por el mensajero, Emilia confirmó que lo único que él quería era "tronarle los huesos". Sin ningún compromiso, por supuesto.



"Y ahora me siento justo como el grande de Cerati. Entono "Ella usó mi cabeza como un revólver"... Aqui estoy. Echada en mi cama, mirando al techo, analizando la letra. Ambigua como es la melodía, golpea crudamente mi imaginación. De pronto me sentí como él, como Gustavo, un objeto que en esa canción llegó a extremos insospechados. 'Después de un baño cerebral, estaba listo para ser amado'... Y sí. Pasará el tiempo y pensaré, de pronto, que el vacío es un lugar normal..."



Emilia decidida. Emilia solitaria. Emilia ansiosa. Emilia, tan boluda.



lunes, 30 de agosto de 2010

A 29 años de los huacales.


No me vino a la mente así como así.


La idea de los huacales lijados y encerados para usarse como librero no es una de esas ilustraciones hippies que de pronto se meten en mi cabeza.


Mamá y papá no hablaban nunca de cómo se conocieron. Trataban de evitar a toda costa el tema, sobre todo mamá. Cada que le cuestionaba cómo fue que se hizo novia de papá me sacaba la vuelta. "¿Para qué quieres que te platique eso?", me preguntaba. "Nomás pa' saber. ¿Pos qué?", contestaba esperando una respuesta que se hacía cada vez más eterna.


Alguna vez, desnudando los secretos que se guardan profundamente en el corazón, mamá y papá comenzaron a platicar su historia, una historia que yo me había imaginado y que resultó ser diferente a lo que siempre pensé me llegarían a relatar.


Conceptos como perfección estaban siempre asociados en mi mente como parte fundamental de su relación. Error. Cuando me enteré que el abuelo catalán no quería a mi papá porque pensaba que su hija se merecía algo mejor fue entonces que dejé de verlo como el mejor padre que mi mamá hubiera podido tener.


Papá estaba convencido de querer a mamá por sobre todas las cosas. No le importó echarse encima al abuelo, él siempre ha sido de los que quiere algo mejor y al elegir a mamá no se equivocó. "En caliente ¿si o no, gorda?", le dice a su parejita cuando ya sin tapujos relatan lo sucedido hace ya 29 años.


"Lo único que hice fue tomar a tu mamá, preguntarle si se quería casar conmigo y cuando me dijo que sí, no hubo más", cuenta papá que sin temor a juicios enjuga sus ojitos para que las lágrimas no broten de la emoción. Así es él, transparente como yo.


Se casaron en una ceremonia que lejos estaba de la pomposa fiesta que yo pensaba. A diferencia del vestido blanco con crinolinas que yo tenía en la mente desde pequeña, mamá usó un modelo recatado, blancuzco, cubierta hasta el cuello. Las fotos no mienten. Su sonrisa lo decía todo: estaba contenta, feliz de que su príncipe gris hubiese llegado a su vida.


Según cuenta ella, su familia sólo asistió para ser testigo del enlace. No más. La abuela paterna fue quien acompañó a mamá en aquella fiesta que también añoró diferente.


Pese al abuelo, a la economía, a la afición por distintos equipos (eso también pesa, cómo no), a la familia... 29 años después pueden seguir contando su historia sin que nada les pase de largo.


Sonaré cursi, pero de a poco me han enseñado que buscar tanto el amor me ha llevado por el camino contrario. "Fácil es buscar. Fácil no encontrar"... Ella sabe a qué me refiero...


No tenían nada. Entre carpetitas para adornar los libreros que formaban los huacales y la modesta habitación costeada por papá, entre las luchas internas establecidas por ambas familias, entre los gallos y gallinas que correteaban en el patio...


Esos huacales, ahora, forman parte de mi enseñanza a vivir la vida, esa que desde hace 29 años decidieron vivir juntos...


No tenían nada más que huacales... Idea que de herencia han dejado a ésta que ahora pretende vivir su vida en una modesta habitación, tal y como lo decidieron ellos hace 29 años.

lunes, 23 de agosto de 2010

Amor en tiempos de huelga...


Ojos almendrados, cabellera larga y espesa, porte desenfadado, limpio. Pese a su aspecto juvenil despreocupado en el vestir, siempre olió bien.



Lo recuerdo más con aquella playera negra que le llegaba hasta las rodillas y que traía una calaverita multicolor con la palabra "Guanajuato" bordada a mitad del pecho.



Era mi hippie favorito.



Cuando entré a la preparatoria, Alejandro fue el primero que me llamó la atención y al que, por supuesto, jamás le gusté. Hasta donde sé, jamás fue así.



Con dentadura que aparentaba aún ser de leche, siempre tuvo una sonrisa blanca para mí. Nos conocimos echando una reta de básquetbol en las canchas que estaban en la parte trasera del estacionamiento de la escuela.



Tiempo siguiente me dio tips para no ser presa de las novatadas clásicas a los de primer ingreso en la UNAM. Compartíamos de vez en cuando algunas impresiones de Nietzsche (al que sigo considerando contradictorio en muchos de sus argumentos), intercambiábamos puntos de vista sobre la revolución, el movimiento estudiantil de 1968 ("clásica conversación entre estudiantes de escuelas públicas", dirán algunos) y pasajes de la vida de Monsiváis.



Debo admitir que nunca fueron conversaciones polémicas como las que a ambos siempre nos gustaron, pero nos divertíamos teniéndolas.



"Quiero estudiar filosofía", me contaba. No sé por qué nunca fue algo que me sorprendiera. Tal vez por ese tonto prejuicio que tenemos los seres humanos de calificar a las personas por su aspecto físico o su manera de vestir. Aunque sí, le atiné.



Hablábamos poco. Mi temblor en las rodillas, mismo que sólo se presenta cuando alguien verdaderamente me trae babeando las aceras, no me dejaba controlar el impulso de quererme lanzar a sus brazos así que procuraba tener el menor contacto posible y sólo verlo de lejos. Tonta.



Era 1999. El año de la huelga nos tenía descontrolados a todos. Elda y yo procurábamos estar al tanto de lo que pasaba con los asuntos políticos que inmiscuían a nuestra Universidad así que decidimos integrarnos al Consejo General de Huelga para conocer desde adentro todas las causas por las que nuestros compañeros universitarios luchaban intensamente (y algunas veces, debo también decirlo, sin justificación alguna).



De sobra está mencionarlo, pero en cada una de las marchas que se organizaban, Elda y yo estábamos presentes. Ahi conocimos a Miguel, de medidas exactas para nuestra pequeña corpulencia. Alto, moreno, estilizado, de rizos azabaches y sonrisa tremendamente perfecta. Vestía como guerrillero: pantalón y botas militares, chaqueta verde botella y playeras negras con leyendas o imágenes políticas.



A ella le gustaba más que a mi. Yo sólo tenía ojos para Alejandro.



Él también estaba metido en el movimiento así que el contacto era más frecuente que el de antes, aunque seguía con esa vergüenza que hasta la fecha me caracteriza. Prefería verlo de lejos, siempre.



Diez de marzo de 1999. Un mes antes de que estallara la huelga en la Universidad, comenzaron a organizarse subastas de besos. Una tontería que a muchos nos relajaba, por lo menos un par de horas.



Aquella vez, habían pasado especies de todos tipos. Altos, bajos, delgados, gordos, morenos, apiñonados. En ese mismo orden, todos (y todas, aunque la euforia femenina por la renta de hombres era más que la demanda de hombres por mujeres) se fueron con su premio.



"Un beso y todo un día de esclavitud, en beneficio, obviamente, del comprador (a)". ¡Vaya calamidad! Las autoridades de la escuela permitieron que se llevaran a cabo estas clandestinas maneras de comercializar gente siempre y cuando "no saliéramos a hacer disturbios a las calles aledañas a la escuela".



En esa primera subasta yo no podía estar en otro lugar sino en tercera fila, siempre pendiente de todo pero pasando desapercibida, tal y como me gusta, sin robar cámara más que cuando así sea necesario. Los reflectores para quienes los necesitan, yo no.



Habían pasado jóvenes guapos, los más cotizados de la preparatoria, justo para que la moneda no se agotara en chucherías que se vendían durante el evento. De pronto, cayó en un letargo y los rayos del sol estaban pesando sobre las cabezas de la muchachada que se dio cita en el lagartijero, llamado así porque era la única zona de la escuela en la que pegaba el sol.



De pronto, entre el aburrimiento y mi ensoñación, se escucharon gritos de chamacas eufóricas. Volteé para todos lados, tratando de descifrar el por qué de la gritadera. Y sí, Alejandro era el centro de las miradas. Pocas veces lo había observado de esa manera: apenado, con las mejillas enrojecidas, con la mirada perdida. Eso sí, la dentadura blancuzca a todo lo que daba.



Era el más atractivo de los huelguistas. Al menos para mí y para la bola de mujeres que gritaban como desquiciadas así lo era. Lo es.



"¡Comenzamos con diez pesos!" aseveró el subastador.



"¡Veinte!" Se escuchó por allá.



"¡Cincuenta!" ¡Huevos! -pensé- ¡Esa gorda lo besará y yo no!



"¡Cincuenta a la una! ¡Cincuenta a las dos! ¡Cincuenta a las...



"¡Setenta!" justo detrás de mí salió esa oferta.



En cuanto giré la cabeza, me di cuenta que Elda, Cristina, Elizabeth y Viridiana juntaban sus moneditas de la semana para intercambiarlas por un beso y un día de esclavitud... para mí...



Sin que me hicieran caso, sin que oyeran cuando les decía que no podía comprarlo porque lo conocía, porque le hablaba, porque me gustaba... me lo regalaron.



"¡Setenta a la una! ¡Setenta a las dos! ¡Setenta a las tres! ¡Vendido a las de la morralla!" gritó el vendedor.



¡Dios santo! ¡Es para mí! ¡Huevos, huevos, huevos! ¡No puedo levantarme para hacer tal ridículo enfrente de todos! ¿Cómo voy a justificar mi accionar luego de indicar que era demasiado bajo pagar para que alguien te besara?



Aún así tuve las agallas de levantarme y de plantarme frente a él. Cuando se dio cuenta que era yo, sólo esbozó una sonrisa de agradecimiento por salvarlo de ser besado por aquella chica pasada de flautas.



Puede que esos diez segundos hayan sido escasos para algunos, irrelevantes para otros.



A mi me dejaron una huella que hasta la fecha mantengo con recelo en mi corazón. Alejandro fue uno de esos amores imposibles que te dejan marcado.



Justo el viernes, entre mi poca lucidez para darme cuenta que a quien quiero no me quiere (otra vez) envié un mensaje para que alguien me sacara de ese hoyo en el que ando metida desde hace medio año.



-Necesito una chelita. ¿Tienes algo para hoy?

-Eje Central Lázaro Cárdenas...

-Ubícame por estaciones del metro. Estoy en Barranca del Muerto.

-Metro Obrera. Me llamas.

-¿Me darás asilo? En media hora salgo para allá.



Alejandro, de nueva cuenta, sacándome de mi letargo. Once años después...

lunes, 16 de agosto de 2010

Ya estoy en casa.

Pensé que la despedida iba a ser catastrófica.


Lo menos que creí era que me iba a encerrar en mi recámara y que no saldría de ahi para jamás separarme de mis papás, de mi hermanito, de mis perros.


No puedo decir que no se me salieron unas lagrimillas, la verdad es que no me pude aguantar. Todo fue tan rápido que no me di ni cuenta de cómo pasó.


Ya lo dijo alguien por ahi, es hora de continuar, de dejar atrás las inseguridades, es momento de que la vida me sonría y tal parece que esta es la señal de que así será.


Por lo pronto debo decirle adiós a mi manera pesimista de ver la vida, a mi actitud respondona y altanera a todo. Debo decirle hasta nunca a la incomodidad que me causa mi persona, a los miedos que no me han dejado avanzar, a la desidia que de unos años para acá me hizo su presa.
Dejé por fin el nido y pensé que me sentiría mal pero estoy a la expectativa de lo que la vida tiene preparado para mí. Lo único que quiero es eso, que me vaya bien.


¡Bienvenido, nuevo año! ¡Estoy aqui para ti!

miércoles, 11 de agosto de 2010

Nuevos bríos...


No pensé que algún día pudiera hacerlo.


La vez que me ofrecieron aquel trabajo en Guadalajara acepté sin pensar en nada. Dejé a mi familia y ese mes que estuve allá fue tan duro como el primer día en el que llegando a la solitaria y fría morada tapatía me vi inmersa en la soledad, tanto que quise de pronto empacar de nuevo y regresar a los brazos de mis papás.


Ahora la historia es distinta.


Estoy llena de miedo, de sentimiento por dejar de nuevo mi casa pero esta vez para siempre.


Es el nuevo comienzo que he estado esperando desde hace ya varios años. La vida me ha dado la oportunidad de iniciar una nueva etapa, de sacudirme la mala onda que ha estado rondando mi vida desde marzo pasado.


Llegó la hora de olvidarme de los traumas que me dejó la secundaria, de las inseguridades que me aquejan desde pequeña. Ya no correré a los brazos de mamita cuando tenga algún problema, no acudiré con papá cada que el dinero se acabe. Ya no veré llegar a mi hermano de trabajar ni sentiré las dulces y calientes lamidas de Benito y Babo.


Atrás quedarán los viejos amores, las decepciones, los malos tragos y el pasado turbio.


Y aunque tenga la recámara pequeña, sé que me irá bien. Presiento que será así...


viernes, 5 de febrero de 2010

¿Y si tuviera disquera?


Ya tiene rato que dejé de dedicarme a la música.


Todo el rollo comenzó con una casualidad, como la mayoría de las cosas buenas que me han sucedido hasta ahora.


Aquella vez Daniel me llevó a festejar mi cumpleaños a un hoyo funky de esos que tanto me gustan. Nunca he sido de antros con dance, electrónica, house... No. Prefiero el rock en vivo.


Minín nos acompañó. Creo que era la primera vez que festejaba mi diablo fuera de casa. Siempre prefería quedarme en mi casa para escuchar sonar el teléfono y saber que era para mí.


El lugar al que me llevaron estaba cerrado así que fuimos a un billar que también estaba cerrado y caímos en otro en donde tocaba Audiofilia.


De ahi comencé a hacerme aficionada (más) a las tabernas. Paco supo de mi pasión por la música y las nuevas ondas y me invitó a participar en un proyecto de management.


Tenía mi programita en internet, invitaba a grupos de rock y fue ahi también donde conocí a los Cohete.

Algunas cosillas de management, nada profesional pero me gustaba lo que hacía, la manera en que alguna vez, en un toquín en Querétaro, tres chavitos se desvivían por los músicos.


Paco instó a que siguiera con él y me di cuenta lo difícil que es para todas esas bandas salir avantes en un mundo en el que la comercialización y lo plástico vende más que el talento. Ahi también me percaté que lo que me pasa a mí en mi trabajo les pasa a todos en el suyo.


Seguimos con el trabajo, ahora con Filtro Medusa, fenomenal banda de Panamá, con María Fatal de los Ángeles, algo así como Pastilla. Cienfue fue lo último que Paco y yo hicimos juntos y ahora está en el cartel del Vive Latino 2010. Orgullosamente contribuí, aunque sea mínimo, para que se tocara en México.


Había antes escuchado a Disidente. Los conocí con "Hasta siempre" una canción bélica con letra confusa que me dejó más idiota de lo que ya estaba por la música.


No tenía mucho de haberme regresado de Guadalajara pero fueron ellos los que me dieron la bienvenida en Zapopan, justo en la Calle Dos.


De ahi no me despegué.


Sin duda, creo que el vocal tiene una de las voces (sic) más penetrantes del rock nacional y lamentablemente es poco conocido...


Al menos a mí me gusta... Un talento más desperdiciado...


Tenía guardado este post desde hace tiempo, pero es hasta hoy que se me fue la idea y decidí publicarlo... Sólo por el capricho de poner la rola de fondo...


lunes, 1 de febrero de 2010

Hasta el zócalo con el águila...

Me llamó por teléfono.



Su nombre apareció en la pantalla del celular y no quería contestar. Habíamos tenido una discusión fuerte, al parecer, porque no veía otra razón para no contestarle.



Mamá me pedía que le respondiera. "No sabes si es una emergencia. Contéstale."



Necesito que me acompañes a una fiesta. Es muy importante para mí que vayas conmigo. Te prometo que después de eso hablamos y dejamos todo en claro. Algo así me dijo.



Iré a la fiesta, total, ya después de eso se acaba, seguramente se acaba.



Marcó de nuevo al móvil y me dijo que estaba a poco de llegar, que en cuanto lo hiciera, quería saludar a mis papás. Llegó a la casa y no lo recibí de muy buen modo. Un beso frío fue lo que se ganó poralgoquenosequefuequemehizo.



Mi casa era gigante, tenía las paredes blancas y los marcos de las ventanas y puertas eran de madera. Entrabas y el aroma del pino te hacía sumergirte en un bosque al cerrar los ojos.



Memo saludó a mis papás y subí a mi recámara a relamirme por última vez antes de salir.



Mi vestido era corto, negro, con plumas negras de la cadera para abajo. No tenía mangas, raro en mi cuando lo que más odio en el mundo es la ropa que deje al descubierto mis brazos de pozolera.



Bajé, nos despedimos y me abrió amablemente la puerta del auto. Cuando menos me di cuenta ya estábamos en una fiesta muy coqueta. A pesar de su unoochentaytres de estatura, Memo me iba sujetando fuertemente del brazo, como si supiera que algo malo le estaba esperando. Sentía que me pedía protección.


Aún así estaba muy molesta pero no quería hacer ningún drama enfrente de todos. Subió, recogió su premio, agradeció a todos y terminando todo decidimos pasar al after party, eso tal vez nos ayudaría para entrar en ambiente y dejar de estar molestos para, ahora sí, aclarar todo.


Raro en él, vestía un pantalón de mezclilla y una camiseta de la selección nacional. Verde. Me acuerdo muy bien.


No sé cómo pasó, pero en la reunión habían muchas caras conocidas. La familia de mi papá estaba con nosotros. Mis tías pasaban a un lado mío y chuleaban tanto a Memo que de pronto sentí la necesidad de salir de ahi.


Voy al sanitario, me dijo. Prepárate porque en un momento nos vamos.


Sólo pensé en que sus palabras me habrían alentado porque no quería estar más ahí, sentía como si me estuvieran presionando fuertemente el cuello.


Regresó del baño corriendo, pálido. Me abrazó muy fuerte y me dijo que teníamos que salir corriendo de ahí, que lo habían atacado y que huyó antes de que ellos le pudieran hacer algo.


¡Por favor, vámonos, necesito sacarte de aqui!


Para ese entonces ya no traía puesto mi vestido de plumas negras. Mi atuendo consistía en un pantalón ajustado de mezclilla, una bata blanca con mangas largas y mis tradicionales botas cafés.


Tomó mi mano y no dudé seguirlo. Salimos despavoridos ante las miradas de la gente. Trataban de detenernos pero con sus grandes manos apartaba a todos de nuestro camino.


Llegamos a la parte alta de un edificio. ¿Cómo? No sé. Juntos bajábamos corriendo y saltando los escalones hasta que al llegar al primer piso, nos dividió una malla de metal. Seguimos huyendo en la misma dirección hasta que al terminar la malla nos juntamos otra vez.


La gente que estaba cerca de nosotros sólo nos miraba y se preguntaban qué pasaba con nosotros. Vi los rostros de mis padres llorando, de mi hermano gritándome que me detuviera y de Memo diciéndome que siguiera corriendo para que no nos alcanzaran nunca.


A nuestros pies encontramos un callejón con paredes altas, tanto que llegaban hasta el cielo. Me miró a los ojos y me dijo que no tuviera miedo, que siguiera con él y no me pasaría nada.

Nos sumergimos en aquella calleja larga y eterna... Cuando salimos el centro de la ciudad nos esperaba.


Memo sólo me gritaba que corriera, que ellos estaban cerca de nosotros y que si no lo hacía nos alcanzarían y nos matarían.


Y sí. Apenas llegamos a la plancha del Zócalo cuando al pie del asta bandera me dio un beso y sólo sentí helados sus labios. Me dijo que no tuviera miedo, que ya había acabado todo y lo último que recuerdo era mi cuerpo tirado encima del suyo luego de escuchar dos disparos, supongo que uno fue directo a mí y el otro a él.


Los dos morimos. Luego de tremenda corretiza ellos nos alcanzaron y dieron al traste con nosotros. Con Memo y conmigo.


Nunca me había despertado con un sueño concluido. Por lo general, cuando me duermo y tengo sueños, estos siempre terminan a la mitad.


A mi ni me gusta Memo aunque no le hubiera dicho que no si me decía que corriera junto a él.


Quiero pensar que mi imaginación se disparó luego de cubrir toda la semana el caso de Salvador Cabañas y no escuchar otra cosa más que partes médicos, balas, recuperaciones, huídas, inseguridad...


Supongo que por eso Memo y yo corrimos...